Para la Iglesia católica, los animales merecen respeto y cuidado, pero su valor no es equivalente al de una persona humana. Esta diferencia se fundamenta en una verdad central de la fe: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 26-27) y posee una dignidad que no depende de su utilidad, capacidades o circunstancias.
La tradición filosófica y teológica, especialmente Santo Tomás de Aquino, distingue entre el alma racional del ser humano y el principio vital sensitivo de los animales. El hombre posee inteligencia y voluntad libre, y está llamado a conocer, amar y entrar en comunión con Dios. Los animales, aunque sienten y merecen un trato responsable, no tienen la misma naturaleza espiritual ni el mismo destino sobrenatural.
Esta diferencia también se manifiesta en la Encarnación: Jesucristo asumió la naturaleza humana para redimirnos y abrirnos el camino hacia la vida eterna.
El Catecismo reconoce que los animales son criaturas de Dios y que debemos tratarlos con aprecio. De hecho, condena hacerlos sufrir inútilmente. Sin embargo, también advierte sobre la desproporción de destinar a los animales recursos que deberían aliviar la miseria humana y recuerda que no debemos desviar hacia ellos el afecto debido a las personas (CIC 2416-2418).
Amar a una mascota no está mal. El problema aparece cuando ese cariño lleva a olvidar la dignidad incomparable de cada ser humano. La compasión por los animales es compatible con la fe; equiparar su valor al de una persona, en cambio, desconoce el lugar singular que Dios le ha concedido al hombre en la creación.